Historias del judo
Judo: ¿sabías que…?
Un ingreso sellado con sangre. El secreto del desequilibrio. Y el viaje que une al judo con el jiu-jitsu brasileño.
Elige una historia y entra en ella.
Ippon: caer de espaldas podía costarte la vida.
Un guerrero en el suelo. Su adversario de pie, armado. En ese instante, una proyección podía dejar el combate decidido.
Katsu Kokichi contó en sus memorias de 1843 una escena que lo ilustra: durante un entrenamiento de esgrima, derribó a su rival con koshi-guruma, lo sujetó con el pie y dirigió una acción a su garganta. Quien había caído estaba expuesto al siguiente movimiento de su adversario.
La imagen ayuda a entender por qué una proyección podía valer mucho más que haber llevado a alguien al suelo. Había creado una oportunidad decisiva. Ese sentido se reconoce en el ideal del ippon: una acción completa que basta para resolver el enfrentamiento.
En el tatami, esa idea se estudia dentro de unas reglas y con cuidado del compañero. El episodio permite mirar más allá del marcador y comprender el peso de la palabra: se busca una acción capaz de decidir, no simplemente acumular una ventaja.
Enlace a esta historia ↗Tienes a uno inmovilizado. ¿Y si llega otro?
Kanō planteó esa objeción hace más de cien años.
En 1918 escribió: «Si te atacan varios, en el suelo solo puedes enfrentarte a uno». Le preocupaba que el judoca se especializara en ganar un duelo y olvidara las exigencias de un enfrentamiento real. Para él, la movilidad y las proyecciones seguían siendo esenciales. Dominar el suelo formaba parte del judo; depender únicamente de él dejaba una puerta abierta.
La discusión tenía un motivo concreto. En 1918, el uso del ne-waza en los encuentros entre escuelas había abierto una polémica. Los estudiantes buscaban ganar con las posibilidades que ofrecían las reglas. Kanō miraba más allá de aquel resultado: quería saber qué preparación conservaría el judoca cuando desaparecieran las condiciones del campeonato.
Su objeción era incómoda: mientras estás ocupado con un adversario, los demás siguen libres. La eficacia que demuestras en un uno contra uno no responde por sí sola a ese problema. Por eso insistía en seguir aprendiendo a proyectar y desplazarse. La advertencia apuntaba a la especialización exclusiva, y dejaba una pregunta que todavía hace pensar: ¿entrenas para resolver una situación o solamente para ganar con unas reglas?
Enlace a esta historia ↗Kuzushi, tsukuri y kake: cómo Kanō consiguió derribar a su maestro
Su maestro seguía siendo un obstáculo. La respuesta no fue aprender a tirar más fuerte.
Hacia 1885, mientras practicaba con Iikubo Tsunetoshi, maestro de Kitō-ryū, Kanō comprendió la importancia de romper el equilibrio antes de ejecutar la proyección. El episodio está ligado a los principios que después enseñó como kuzushi, tsukuri y kake: desequilibrar, preparar y ejecutar. Lo que parece una lección de iniciación encierra una de las claves de la transformación del jujutsu en judo.
Kuzushi es alterar el equilibrio del adversario; tsukuri, preparar la situación y colocar el cuerpo para la técnica; kake, ejecutarla. No son tres palabras para recitar antes de un examen. Ayudan a explicar por qué una proyección que conoces puede atascarse cuando el otro conserva una posición sólida.
El relato de Iikubo muestra a Kanō investigando con su propio cuerpo. Para superar a un maestro experimentado necesitaba encontrar el momento en que aquel dejaba de estar preparado para resistir. De ahí sale una idea que cambia el entrenamiento: antes de intentar completar la proyección, trabaja para que pueda suceder. La técnica empieza bastante antes de que los pies del adversario abandonen el suelo.
Enlace a esta historia ↗Su alumno era el presidente de Estados Unidos
Una carta de la Casa Blanca. Un pago por clases de judo. Y un agradecimiento muy particular.
El 23 de abril de 1904, Theodore Roosevelt escribió a Yamashita para pagar sus lecciones y las de Gifford Pinchot. Le agradecía a él y a Kawaguchi el cuidado que habían tenido para no lesionarlo. Hasta el presidente necesitaba que su maestro cuidara al compañero. La carta se conserva en la Biblioteca del Congreso.
Lo llamativo está en lo cotidiano del documento. No es una leyenda contada décadas después: es el presidente escribiendo a su profesor para saldar las clases. Roosevelt dice que había disfrutado con ellas y reconoce la atención de los instructores. En medio de los grandes asuntos de su cargo, también tenía un maestro al que dar las gracias.
La carta tiene dos páginas y puede identificarse por su fecha, autor y destinatario. Nos deja una escena poco habitual de la expansión del judo: el arte que había comenzado en un pequeño dojo japonés ya formaba parte del tiempo de entrenamiento de un presidente estadounidense. Y en aquella relación seguía importando algo que cualquier alumno de Budokan conoce: poder practicar con intensidad porque el compañero sabe cuidarte.
Enlace a esta historia ↗Kanō, el judo y la Sociedad del Dragón Negro
Un maestro de judo, una organización ultranacionalista y un libro. Los tres se cruzaron en 1903.
Uchida Ryōhei practicaba en el Kodokan y dirigía la Sociedad del Dragón Negro. Su editorial publicó un manual de judo con un prólogo de Jigoro Kanō. Una conexión poco conocida entre el fundador y las redes políticas de su tiempo.
El nombre puede sonar a sociedad de una novela, pero la Kokuryūkai perteneció a la historia política real del Japón de comienzos del siglo XX. Uchida estaba relacionado con el expansionismo japonés y con las actividades políticas en el continente asiático. El manual de 1903 reúne, en un mismo objeto, ese mundo y la enseñanza del judo.
El detalle se puede seguir en los documentos: el ejemplar identifica a Uchida y a la editorial; el catálogo de escritos de Kanō registra su prólogo. No hace falta imaginar una conspiración para encontrar una historia sorprendente. Basta abrir el libro y descubrir que personas que hoy solemos colocar en relatos separados compartieron una publicación. El judo nació dentro de su época, con sus contactos y sus contradicciones.
Enlace a esta historia ↗Cinturón rojo de judo: lo que hay después del negro
El cinturón negro no es el final de la escala. Muy por encima aparece el rojo.
En el sistema del Kodokan, del primer al quinto dan se utiliza el negro; del sexto al octavo, el rojo y blanco; para el noveno y el décimo, el rojo. Es una distinción de los grados más altos. La historia tampoco fue siempre igual: la IJF sitúa en 1931 la aparición del rojo y blanco para los grados sexto a noveno, y en 1943 la autorización del rojo para el noveno dan.
El color visible expresa una distinción dentro de los grados dan. Eso explica por qué un maestro con rojo y blanco puede tener una graduación superior a la de un competidor con cinturón negro. Japan House recuerda además que el rojo y el blanco forman una combinación de colores auspiciosos en Japón: su presencia también tiene un contexto cultural.
Las fechas revelan que esa escala también se fue ajustando. El rojo y blanco y el rojo no ocuparon siempre exactamente los puestos que conocemos hoy. El cinturón, además de sujetar la chaqueta, terminó siendo una manera de reconocer recorridos muy diferentes dentro del judo. El negro que un principiante imagina como destino final puede ser, para quien continúa, el comienzo de muchas décadas de estudio.
Enlace a esta historia ↗La entrada al Kodokan que quedó sellada con sangre
En el registro de ingreso de Saigō Shirō hay una marca que no es un sello corriente.
La investigadora Noriko Mizoguchi recoge una observación sobre el antiguo libro de juramentos: frente a los sellos de los ocho nombres anteriores, Saigō dejó una marca de sangre. El estudio señala que el uso de esas marcas continuó entre los inscritos después de él. Una huella material de la tradición marcial dentro de la institución que empezaba a construir el judo moderno.
El estudio distingue lo que se observa en el registro de lo que no puede explicarse con seguridad. Recoge el contraste entre la marca de Saigō y los sellos anteriores, pero no establece por qué decidió hacerlo así. La huella permanece; el motivo exacto no ha quedado resuelto.
Ese detalle transforma un libro de nombres en un objeto mucho más inquietante. El ingreso en un dojo podía conservar gestos heredados de las escuelas marciales, donde un compromiso se expresaba de una manera que hoy resultaría extraña. La historia no necesita añadir una ceremonia inventada: basta imaginar el contraste entre una inscripción actual y aquella página marcada con sangre. El documento permite ver cuánto separa a ambos mundos.
Enlace a esta historia ↗Cuando Kanō habló de matar al explicar su judo
En 1889, al explicar el valor educativo del judo, Kanō también habló de herir, matar, capturar y defenderse.
Estaba describiendo el shōbu-hō, su vertiente de combate. En aquella explicación aparecen proyecciones, golpes y controles, incluidas acciones sobre el cuello que no pertenecen al repertorio deportivo actual. El documento muestra una tensión que resulta fácil olvidar: el fundador quería educar a las personas mediante una disciplina que también conservaba conocimientos peligrosos.
Kanō estaba explicando una de las finalidades de su disciplina: poder actuar ante una agresión y responder a ella. Su exposición iba más allá de las acciones que hoy aceptamos dentro de un combate deportivo. La preparación física y la formación personal convivían con una idea de enfrentamiento que podía tener consecuencias extremas.
Por eso el documento obliga a matizar la frase «el judo quitó todo lo peligroso del jujutsu». El entrenamiento libre necesitaba límites, mientras otras formas de estudio conservaban conocimientos marciales. No hace falta describir cómo se ejecutaban para entender la diferencia: aquellas palabras de Kanō muestran qué amplitud daba al judo que estaba presentando. Detrás del deporte había un legado que hablaba también de supervivencia, control y daño.
Enlace a esta historia ↗Del judo al jiu-jitsu brasileño: el viaje de Mitsuyo Maeda
Antes de que existiera el Brazilian jiu-jitsu, Mitsuyo Maeda ya era un judoca formado en el Kodokan.
En 1914 llegó a Brasil con otros luchadores japoneses, entre ellos Satake. Hacían demostraciones y aceptaban desafíos. Maeda, conocido como Conde Koma, terminó estableciéndose en Belém do Pará. La enseñanza que llevó desde Japón forma parte de las raíces del jiu-jitsu brasileño, que desarrollaría su propia trayectoria, especialmente asociada a la familia Gracie y al combate en suelo.
Fuera de Japón se utilizaban nombres como jiu-jitsu o jiu-jitsu de Kanō para presentar enseñanzas de estos judocas. Por eso el nombre brasileño no rompe por sí solo la conexión con el Kodokan. La historia pasa por profesores, exhibiciones y desafíos que llevaron un repertorio japonés a otro país, donde fue tomando un rumbo propio.
Carlos Gracie y su familia están asociados a una de las líneas que difundieron y desarrollaron ese legado. El protagonismo del suelo y los encuentros entre estilos contribuyeron a su identidad. Maeda fue una figura central, pero la prensa estudiada por los historiadores muestra un escenario más amplio que el relato de un único maestro y una única familia. El Brazilian jiu-jitsu tiene raíces en el judo y también una historia brasileña de desarrollo que merece su propio nombre.
Enlace a esta historia ↗Del entrenamiento militar al primer ukemi: la seriedad no se negocia
El método de Kanō llegó a la policía y a la Marina. Hoy también lo aprenden niños. La responsabilidad sigue siendo enorme.
El cambio de escenario no convierte el judo en un juego sin consecuencias. Quien proyecta pone el cuerpo de otra persona en sus manos. Quien recibe necesita aprender a caer. El respeto, la atención y el control dan sentido a esa confianza. La exigencia empieza mucho antes de ganar una medalla: empieza por saber entrenar sin poner en peligro al compañero.
La historia permite hacer el contraste sin inventar una edad de oro. Kanō enseñó en una época de escuelas marciales y su método fue adoptado por instituciones militares y policiales, pero también fue un educador que quiso formar a los jóvenes. La infancia forma parte de ese proyecto; no es una degradación posterior.
Nuestra reflexión como club es exigente: venir al tatami implica escuchar, practicar las caídas y aprender a controlar la fuerza. La tolerancia a que algo no salga se construye entrenando. Cuando un niño recibe una proyección con confianza y otro aprende a cuidar de él, están haciendo algo serio. Esa responsabilidad merece más atención que el color del cinturón o la excusa de querer competir cuanto antes.
Enlace a esta historia ↗Kanō sujetaba la vela. Sus alumnos arreglaban el desastre.
Las primeras proyecciones del Kodokan no solo derribaban judocas: también castigaban el suelo del templo.
Tomita y Saigō se metían debajo a reparar los daños. Kanō levantaba el tatami y alumbraba con una vela. Antes de los grandes campeonatos y los viajes por el mundo, hubo noches así: el fundador y sus alumnos arreglando a escondidas lo que habían roto.
El escenario era Eishō-ji, en Tokio, donde comenzó el Kodokan en 1882. La historia que conserva la organización budista Jōdo-shū cuenta que las vibraciones de los entrenamientos llegaban a inclinar imágenes y derribar tablillas conmemorativas. Para los alumnos era una práctica apasionante; para el templo podía ser un problema bastante tangible.
La escena de la reparación, recogida en la historia documental del Kodokan, resume aquella precariedad mejor que cualquier estatua del fundador: dos alumnos bajo el suelo y Kanō haciendo sitio y dando luz. Todavía no había una gran institución que resolviera los desperfectos. Había un proyecto naciente, un espacio prestado y personas dispuestas a sostenerlo, incluso cuando terminaba la clase.
Enlace a esta historia ↗El dojo ardió. Después se convirtió en refugio.
En 1945, un bombardeo dejó destruida cerca de la mitad del Kodokan.
Quienes estaban allí combatieron el fuego con mangueras y cubos. El edificio acogió a familias y a cientos de vecinos que se habían quedado sin refugio. Según el relato conservado por el Kodokan, tres días después ya se entrenaba en un espacio provisional. El dojo había servido para algo mucho más urgente que enseñar a luchar.
El testimonio describe bombas incendiarias atravesando el techo y fuego entrando por distintos puntos. Personal del centro, vecinos y otras personas se emplearon en impedir que el edificio desapareciera por completo. El relato conserva el papel de la pareja que estaba de guardia, los Uesaka, durante aquellos esfuerzos por apagar las llamas.
Después vino otra urgencia: recibir a quienes lo habían perdido todo. Se alojó a familias en el sótano y a vecinos en la zona del gran dojo. La vuelta a la práctica llegó con instalaciones provisionales, sin esperar a recuperar el aspecto anterior. La escena cambia la manera de mirar un dojo: durante aquellos días, su valor también estuvo en las personas a las que pudo dar cobijo.
Enlace a esta historia ↗Antes podías ganar un ippon… y seguir combatiendo
Hoy oyes «ippon» y se acabó. En el manual de Arima de 1908, todavía podía quedarte trabajo.
El árbitro anunciaba ippon tras la primera victoria. Si ganabas otra, gritaba «nihon» —dos— y terminaba el encuentro. Si tu rival igualaba, había un tercer enfrentamiento. Hasta la manera de ganar tiene su historia.
Arima explica qué sucedía en cada caso. Si el mismo judoca conseguía dos victorias, el árbitro anunciaba «nihon» y daba por terminado el encuentro. Si después de la primera ganaba el otro, ordenaba un tercer enfrentamiento. La palabra ippon formaba parte de una secuencia que podía continuar.
En esas mismas páginas aparecen términos que todavía reconocemos, como waza-ari y awasete-ippon. Esa mezcla es lo interesante: el vocabulario resulta familiar, pero la mecánica obliga a leer dos veces. El manual nos permite asomarnos a un judo que ya tenía muchos rasgos del nuestro y seguía organizando sus encuentros de otra manera. Las reglas también evolucionaron, aunque algunas palabras hayan viajado intactas hasta el tatami actual.
Enlace a esta historia ↗El judo es japonés. Tu cinturón de colores tiene historia europea.
Kanō creó el sistema de grados. La escalera de colores que conoces llegó después.
Gunji Koizumi introdujo colores en Gran Bretaña en 1926. Mikinosuke Kawaishi los llevó a Francia en 1935. Aquella forma de mostrar el progreso acabó extendiéndose. El cinturón que llevas cuenta también el viaje del judo fuera de Japón.
El sistema de grados y el uso del cinturón negro ya existían antes de aquella expansión europea. Lo que conviene separar es esa estructura de la sucesión de colores que un alumno recorre hoy. Atribuir todo a una única invención de Kanō borra parte de la historia de los maestros que enseñaron lejos de Japón.
La IJF sitúa el uso de nuevos colores por Koizumi en 1926 y señala publicaciones del Budokwai de 1927 donde ya aparecen. Después llegó la aportación de Kawaishi en Francia. Por eso un objeto tan sencillo lleva una historia internacional: su función en el dojo japonés, el sistema de grados y las maneras de mostrar el progreso que se desarrollaron durante la difusión del judo.
Enlace a esta historia ↗El campeón que empezó cayéndose más que los demás
Saigō Shirō acabaría siendo una figura legendaria del Kodokan. Al principio, lo proyectaban una y otra vez.
Kanō recordaba que precisamente eso le ayudó: aprendió a caer tan bien que dejó de temer la caída. Y pudo atacar con libertad. Antes de ser peligroso proyectando, se hizo bueno siendo proyectado. Una historia para recordar el día que no paras de hacer ukemi.
Saigō es recordado por su yamaarashi y por su papel en los primeros años del Kodokan. Esa fama puede hacer que lo imaginemos extraordinario desde el primer día. El recuerdo de Kanō, publicado en 1936, ofrece otra imagen: un alumno que recibió muchas proyecciones y convirtió aquella experiencia en parte de su aprendizaje.
Cuando caer deja de paralizarte, puedes comprometerte más con un ataque y probar lo que todavía no dominas. Esa es la relación que Kanō destaca en el progreso de Saigō. La próxima vez que acabes una sesión sintiendo que has pasado demasiado tiempo mirando al techo, piensa en el muchacho que había detrás de aquel nombre legendario. Su historia también tuvo esa parte que rara vez aparece en los homenajes: aprender desde abajo.
Enlace a esta historia ↗Sí: en judo también aparece una pistola
Y un cuchillo. Y un bastón. Están en el Kodokan Goshin-jutsu.
Este kata, establecido en 1956, reúne defensas ante ataques sin armas y con armas simuladas. No es una incorporación al combate deportivo: son situaciones preparadas para estudiar defensa personal. El judo del marcador es solo una parte del judo.
El Kodokan Goshin-jutsu se estableció en 1956, dieciocho años después de la muerte de Kanō. Sus veintiuna situaciones incluyen doce ataques sin armas y nueve con armas. Al verlo, el espectador que solo conoce los campeonatos se encuentra con un repertorio inesperado: distancias, amenazas y respuestas que el reglamento deportivo no plantea.
Las acciones están acordadas y los ataques se representan de forma controlada. Esa organización permite estudiar situaciones que no pueden convertirse en un intercambio libre. El dato también recuerda que el judo siguió desarrollándose después de su fundador: hubo maestros que trabajaron para conservar su vertiente de defensa personal y darle una forma de estudio propia. La pistola del kata es una de las señales más visibles de esa otra parte de la tradición.
Enlace a esta historia ↗Los puñetazos y las patadas que no ves en una competición
El judo conserva técnicas de golpeo: los atemi-waza.
Kanō incluso creó en 1924 un método con ejercicios individuales y por parejas, el Seiryoku-zen’yō-kokumin-taiiku. Así que sí: también puedes encontrarte a un judoca estudiando golpes, sin proyectar a nadie. Que no se permita en un combate no significa que no forme parte del judo.
El nombre del método puede parecer largo, pero la idea abre una puerta interesante: practicar principios de ataque y defensa mediante ejercicios que también sirven como educación física. Hay una parte individual y otra por parejas. El compañero al que derribar no es imprescindible para todas las formas de entrenamiento concebidas por Kanō.
Los golpes se conservaron en formas de estudio controladas mientras el randori y la competición se desarrollaban con sus propias limitaciones. Por eso el repertorio que ves en un campeonato no funciona como un inventario completo del judo. En cuanto te acercas a los katas y a estos métodos de práctica, aparecen movimientos que muchas personas asociarían antes con otras artes marciales.
Enlace a esta historia ↗Los katas guardan lo que no puedes hacer en randori
Hay acciones que no puedes probar libremente contra un compañero. ¿Las borras del judo?
Los katas permiten estudiarlas mediante secuencias acordadas. Conservan golpes, defensas y principios que el combate libre no puede abarcar. En 1921 Kanō ya pedía a los alumnos que les prestaran atención. El kata tiene más historia que tu próximo examen de cinturón.
En su artículo de 1921, Kanō invitaba a los practicantes a prestar atención a esa parte del aprendizaje. La preocupación ya existía mucho antes de que muchos de los actuales exámenes y campeonatos tuvieran su forma de hoy. La práctica libre era importante, pero sus límites dejaban conocimientos que necesitaban otro espacio.
En una secuencia acordada, ambos saben qué situación se va a estudiar. Eso permite observar el sentido de una acción, su momento y la relación entre los movimientos sin convertir cada repetición en una disputa por ganar. También permite conservar material marcial que sería peligroso ejecutar libremente. Cuando ves un kata, estás viendo una forma de transmitir conocimientos que las reglas del combate no pueden guardar por sí solas.
Enlace a esta historia ↗Kanō quiso cambiar hasta el nombre
Había aprendido jujutsu. Pero no quería limitarse a enseñar lo mismo con otro cartel en la puerta.
En sus recuerdos explica que quiso abandonar aquella denominación. Conservó jū por respeto a sus maestros y eligió dō, camino. En el Japón que se modernizaba, su proyecto era transformar una enseñanza de combate en educación. El nombre resumía una ambición mucho mayor que ganar peleas.
Kanō había estudiado escuelas de jujutsu, entre ellas Tenjin Shin’yō-ryū y Kitō-ryū. Su proyecto tomó forma en el Japón que se transformaba durante la era Meiji, cuando las antiguas enseñanzas marciales tenían que encontrar su lugar en una sociedad distinta. En 1882 fundó el Kodokan, con una propuesta que iría desarrollando a lo largo de su vida.
El cambio de nombre expresa esa intención, pero no borró a sus maestros ni convirtió de repente sus conocimientos en algo sin pasado. Kanō conservó parte del nombre precisamente para reconocer esa deuda. Lo que quería ampliar era el propósito del entrenamiento: qué podía aprender una persona de la práctica y cómo podía llevar ese aprendizaje fuera del dojo. Elegir la palabra «camino» era una forma de anunciar hasta dónde quería llegar.
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